4/5/08

Recorrido por el casco antiguo de Donosti.

“Se veía poca gente por la calle. Sin embargo, nada parecía distinto a como él recordaba. Al salir por el portal, se cruzó con dos mozas que portaban sendos jarros llenos de agua de una de las fuentes de la ciudad, la de la placilla del convento de San Telmo, a dos pasos de su casa. Iban descalzas y con las faldas recogidas en la cintura; le sonrieron con descaro y, después, se echaron a reír. Él sonrió también. Le gustaba el campechano desparpajo de las mujeres vascas, aquella capacidad que tenían de tratar a los hombres sin complejos. Las bordelesas eran más introvertidas y costaba entablar conversación con ellas. Caminó despacio por la calle de Juan de Bilbao, observó que algunos comercios estaban abiertos, aunque eran más los que tenían las batientes de madera cerradas con candado. Finalmente, llegó a la Plaza Nueva tras dar un rodeo por la calle de San Jerónimo.

Justo era reconocer, pensó, que aquella plaza tenía estilo y, probablemente, poco que envidiar a las de otras ciudades más importantes. La casa consistorial presidía el conjunto desde una fachada en la que apenas quedaba un espacio sin adornos, muy al uso en un estilo que comenzaba a decaer, pero que era el orgullo de la ciudad. No era un experto en construcciones; en el fondo, ni siquiera le interesaban especialmente, pero reconocía el esfuerzo realizado por la Municipalidad para dotar a San Sebastián de un edificio impresionante, muy acorde con las ambiciones de sus ciudadanos. Echó una mirada a su alrededor y sonrió al constatar que no habían desaparecido los números pintados bajo los balcones, que se convertían en palcos de espectadores los días de corridas de toros. Con suerte, para el mes de agosto habría finalizado el conflicto que enfrentaba a los gobiernos de España y Francia y podría celebrarse la lidia durante la fiesta en honor a San Roque.”

Fragmento de la novela“La Brecha” de TOTI MARTINEZ DE LEZEA

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