Me ha sido muy difícil seleccionar un solo texto, así que voy a colgar con el que mas identificada me siento, y no sólo por el nombre de la protagonista...
"Entraron en el Parque del Rey, y después, subiendo siempre, atraversaron Victoria‑Drive, magnífico camino circular, que sirve para carruajes, y que Walter Scott se felicita de haber consignado en algunas líneas de una novela.
El pico Arturo, no es realmente más que una colina de setecientos cincuenta pies de altura, cuya aislada cima domina los alrededores. En menos de una hora y por un sendero que lo rodea y hace fácil la ascensión, subieron a la cabeza de aquel león, que representa el pico Arturo, cuando se mira desde el Poniente.
Allí se sentaron los cuatro, y Jacobo Starr, siempre dispuesto a citar al gran novelista escocés dijo:
‑He aquí lo que ha escrito Walter Seott, en el capítulo 8º de la Prisión de Edimburgo: “Si yo tuviese que elegir un sitio desde donde ver la salida y postura del sol, sería precisamente éste.” ‑Esperemos, pues, Elena. El sol no ha de tardar en salir, y podrás contemplarle en todo su esplendor. (...)
Ya empezaba a dibujarse en el horizonte una línea blanca, con matices rosados, sobre un fondo de ligeras brumas. Algunas nubecillas perdidas en el cenit, fueron heridas por el primer rayo de luz. Edimburgo se distinguía confusamente al pie del pico Arturo, en la calma absoluta de la noche. Algunos puntos luminosos rompían aquí y allá la oscuridad. Eran las luces que iban encendiendo los vecinos de la antigua capital. Por detrás, hacia el Poniente, el horizonte cortado por siluetas caprichosas, presentaba una serie de picos en cada uno de los cuales iba a encender un punto de fuego el primer rayo del sol.
El perímetro del mar se dibujaba más claramente al Este. La escala de los calores se disponía poco a poco en el mismo orden que tienen en el espectro solar. El rojo de las primeras brumas iba por graduación hasta el violado del cenit. De segundo en segundo, aquella paleta inmensa se hacía más viva; el color rosa se convertía en rojo, y el rojo en fuego. El día empezaba en el punto de contacto del círculo de iluminación con la circunferencia del mar.
En aquel momento las miradas de Elena recorrían el espacio desde el pie de la colina hasta Edimburgo, cuyos cuarteles empezaban a separarse por grupos: elevados monumentos o algunos campanarios atravesaban el espacio, y se iban perfilando poco a poco. Se esparcía por el ambiente una especie de luz cenicienta. Por fin llegó a los ojos de la joven el primer rayo. Era ese rayo verde, que en la salida y postura del sol, brota del mar cuando el horizonte está puro.
Medio minuto, después, Elena se levantó y señalando un punto que parecía dominar las alturas de la población exclamó:
—¡Un fuego!
—No, Elena, respondió Harry, no es un fuego. Es un reflejo de oro que pone el sol en el monumento de Walter Scott.
Y en efecto el extremo del monumento a la altura de doscientos pies, brillaba como un faro de primer orden.
Era ya de día. El sol apareció. Su disco parecía húmedo como si realmente hubiese salido del mar ensanchado al principio por la refracción, fue disminuyendo hasta tomar la forma circular. Su resplandor, que se hizo insostenible en seguida, era como el de la boca de un horno encendido que hubiese agujereado el cielo.
Elena tuvo que cerrar los ojos; y tuvo también que poner la mano sobre sus delgados párpados. (...)
Al través de la mano, Elena percibía aún una luz rojiza que iba blanqueándose a medida que el sol se elevaba sobre el horizonte. Sus ojos se iban acostumbrando gradualmente. Por último los abrió y se impregnaron de la luz del día.
La piadosa joven cayó de rodillas exclamando:
—Dios mío ¡qué hermoso es vuestro mundo!
En seguida bajó los ojos y miró, a sus pies se desarrollaba el panorama de Edimburgo; los barrios nuevos y alineados, el montón confuso de las casas, y el caprichoso laberinto de las calles de AuldRecky. Dos alturas dominaban este conjunto; el castillo sobre su roca de basalto, y Calton‑Hill, sosteniendo en su cima redonda las ruinas modernas de un monumento griego. Desde la ciudad al campo radiaban magníficos caminos con árboles. Al Norte un brazo de mar, el golfo de Forth cortaba profundamente la costa en la cual se abría el puerto de Leith. Por cima, en tercer término, se desarrollaba el pintoresco litoral del condado de Fife. Una vía recta como la del Pireo, unía el mar a esta Atenas del Norte. Al Oeste se extendían las bellas playas de Newbauen y de Porto‑bello, cuya arena teñía de amarillo las primeras olas de la resaca. Algunas chalupas animaban las aguas del golfo, y dos o tres buques de vapor arrojaban al cielo un cono de humo negro. Más allá verdeaba la inmensa campiña, y pequeñas colinas rompían la línea de la llanura. Al Norte los montes Lomond, y al Oeste el Ben‑Lomond y Ben‑Ledi reflejaban los rayos solares, como si sus cimas estuviesen cubiertas de eterno hielo.
Elena no podía hablar. Sus labios no murmuraban más que palabras vagas. Sus manos temblaban: sentía vértigos; y por un momento le abandonaron sus fuerzas. En aquella atmósfera tan pura, ante aquel espectáculo sublime, se sentía desfallecer, y cayó en los brazos de Harry, dispuestos para recibirla."
El pico Arturo, no es realmente más que una colina de setecientos cincuenta pies de altura, cuya aislada cima domina los alrededores. En menos de una hora y por un sendero que lo rodea y hace fácil la ascensión, subieron a la cabeza de aquel león, que representa el pico Arturo, cuando se mira desde el Poniente.
Allí se sentaron los cuatro, y Jacobo Starr, siempre dispuesto a citar al gran novelista escocés dijo:
‑He aquí lo que ha escrito Walter Seott, en el capítulo 8º de la Prisión de Edimburgo: “Si yo tuviese que elegir un sitio desde donde ver la salida y postura del sol, sería precisamente éste.” ‑Esperemos, pues, Elena. El sol no ha de tardar en salir, y podrás contemplarle en todo su esplendor. (...)
Ya empezaba a dibujarse en el horizonte una línea blanca, con matices rosados, sobre un fondo de ligeras brumas. Algunas nubecillas perdidas en el cenit, fueron heridas por el primer rayo de luz. Edimburgo se distinguía confusamente al pie del pico Arturo, en la calma absoluta de la noche. Algunos puntos luminosos rompían aquí y allá la oscuridad. Eran las luces que iban encendiendo los vecinos de la antigua capital. Por detrás, hacia el Poniente, el horizonte cortado por siluetas caprichosas, presentaba una serie de picos en cada uno de los cuales iba a encender un punto de fuego el primer rayo del sol.
El perímetro del mar se dibujaba más claramente al Este. La escala de los calores se disponía poco a poco en el mismo orden que tienen en el espectro solar. El rojo de las primeras brumas iba por graduación hasta el violado del cenit. De segundo en segundo, aquella paleta inmensa se hacía más viva; el color rosa se convertía en rojo, y el rojo en fuego. El día empezaba en el punto de contacto del círculo de iluminación con la circunferencia del mar.
En aquel momento las miradas de Elena recorrían el espacio desde el pie de la colina hasta Edimburgo, cuyos cuarteles empezaban a separarse por grupos: elevados monumentos o algunos campanarios atravesaban el espacio, y se iban perfilando poco a poco. Se esparcía por el ambiente una especie de luz cenicienta. Por fin llegó a los ojos de la joven el primer rayo. Era ese rayo verde, que en la salida y postura del sol, brota del mar cuando el horizonte está puro.
Medio minuto, después, Elena se levantó y señalando un punto que parecía dominar las alturas de la población exclamó:
—¡Un fuego!
—No, Elena, respondió Harry, no es un fuego. Es un reflejo de oro que pone el sol en el monumento de Walter Scott.
Y en efecto el extremo del monumento a la altura de doscientos pies, brillaba como un faro de primer orden.
Era ya de día. El sol apareció. Su disco parecía húmedo como si realmente hubiese salido del mar ensanchado al principio por la refracción, fue disminuyendo hasta tomar la forma circular. Su resplandor, que se hizo insostenible en seguida, era como el de la boca de un horno encendido que hubiese agujereado el cielo.
Elena tuvo que cerrar los ojos; y tuvo también que poner la mano sobre sus delgados párpados. (...)
Al través de la mano, Elena percibía aún una luz rojiza que iba blanqueándose a medida que el sol se elevaba sobre el horizonte. Sus ojos se iban acostumbrando gradualmente. Por último los abrió y se impregnaron de la luz del día.
La piadosa joven cayó de rodillas exclamando:
—Dios mío ¡qué hermoso es vuestro mundo!
En seguida bajó los ojos y miró, a sus pies se desarrollaba el panorama de Edimburgo; los barrios nuevos y alineados, el montón confuso de las casas, y el caprichoso laberinto de las calles de AuldRecky. Dos alturas dominaban este conjunto; el castillo sobre su roca de basalto, y Calton‑Hill, sosteniendo en su cima redonda las ruinas modernas de un monumento griego. Desde la ciudad al campo radiaban magníficos caminos con árboles. Al Norte un brazo de mar, el golfo de Forth cortaba profundamente la costa en la cual se abría el puerto de Leith. Por cima, en tercer término, se desarrollaba el pintoresco litoral del condado de Fife. Una vía recta como la del Pireo, unía el mar a esta Atenas del Norte. Al Oeste se extendían las bellas playas de Newbauen y de Porto‑bello, cuya arena teñía de amarillo las primeras olas de la resaca. Algunas chalupas animaban las aguas del golfo, y dos o tres buques de vapor arrojaban al cielo un cono de humo negro. Más allá verdeaba la inmensa campiña, y pequeñas colinas rompían la línea de la llanura. Al Norte los montes Lomond, y al Oeste el Ben‑Lomond y Ben‑Ledi reflejaban los rayos solares, como si sus cimas estuviesen cubiertas de eterno hielo.
Elena no podía hablar. Sus labios no murmuraban más que palabras vagas. Sus manos temblaban: sentía vértigos; y por un momento le abandonaron sus fuerzas. En aquella atmósfera tan pura, ante aquel espectáculo sublime, se sentía desfallecer, y cayó en los brazos de Harry, dispuestos para recibirla."
Capítulo XVII_ la salida del sol
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